El día de ayer, gracias a un diario local, me enteré acerca de la viabilización del proyecto Google Books, el cual apunta a digitalizar millares de libros, prescindiendo peligrosamente de su soporte original. Me pregunto cuánto tiempo ha de pasar, para que los comic-scans ingresen también al mercado legal. Supongo que es sólo cuestión de tiempo, para que la historieta acabe por desprenderse del papel de una vez por todas, y dar el salto definitivo al ciberespacio.Así las cosas, y para burlar en algo esta sensación de desesperanza, decidí hacer un breve homenaje, en forma de cuento enrevesado, al "papel del papel" en nuestra amada historieta..Debo adelantar, sin embargo, que mi esfuerzo fue infructuoso, y esta atroz desesperanza sigue aquí, conmigo, mientras escribo estas líneas. Lástima.

Una tarde como cualquier otra. El sol moría, disparando filigranas rojas y anaranjadas, ardorosas, contra una Lima que se mantenía siempre en su estación particular, ni verano, ni primavera, sino un indescriptible cóctel de ambas. Él, por su parte, caminaba. Sin rumbo y sin filigranas, pero eso sí, con su estación particular, esa que siempre le sobrevenía a las seis de la tarde, empujándolo a dar un paseo por quién sabe dónde. Se ocupaba, entonces, en capturar estampas escondidas, postales que se revelan únicamente cuando rompe la tarde, y acaban por proyectar sus fantasmas en el aire hasta bien entrada la noche.
Así, él, transformado en un instante entre tantos otros, respiraba, observaba. A la derecha, una mujer de traje amarillo hablaba con un niño, mientras, más allá, una gitana de aire triste y aretes dorados leía las manos de un marinero, profundamente incómodo. Todo era tan estúpido. Algunos metros más adelante, un hombre pálido como la nieve corría despreocupadamente tras su hija, vestida toda de colores fosforescentes. Él, siempre caminando, fingía no prestar atención.
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Cuántas cosas le quedaban aún por vivir. Demasiadas, pensaba. En la plaza, un borracho de traje gris tocaba la guitarra para su gato. Cuántas cosas aún no han sido escritas, y él ahí, vagando entre estos personajes contrahechos, impuros, sin imaginación.
Cuántas cosas le quedaban aún por vivir. Demasiadas, pensaba. En la plaza, un borracho de traje gris tocaba la guitarra para su gato. Cuántas cosas aún no han sido escritas, y él ahí, vagando entre estos personajes contrahechos, impuros, sin imaginación.
Empezó así a elaborar una lista mental. "Cosas que debo hacer antes de morir": montar un caballo, caerme de la cama, entrar a todos los museos, desnudar a una desconocida...
Y así por el estilo, cuando, de pronto, algo atrajo su mirada. Era una revista, una historieta, que yacía indefensa y humillada en un rincón de la calle. El viento de las seis y media de la tarde (porque existe un viento de la seis y media de la tarde) volteaba sus páginas, que se exhibían ante él, provocándolo. Dio unos cuantos pasos para observarla mejor. No entendía bien de qué se trataban todos esos dibujos, pero aún así se decidió a levantarla y guardarla, enrollada, en su bolsillo trasero.
Una tarde como cualquier otra. El sol moría, disparando filigranas rojas y anaranjadas, ardorosas, contra una Lima que se mantenía siempre en su estación particular, ni verano, ni primavera, sino un indescriptible cóctel de ambas. Él, por su parte, caminaba. Sin rumbo y sin filigranas, pero eso sí, con su estación particular, esa que siempre le sobrevenía a las seis de la tarde, empujándolo a dar un paseo por quién sabe dónde. Se ocupaba, entonces, de capturar estampas escondidas, postales que se revelan únicamente cuando rompe la tarde, y acaban por proyectar sus fantasmas en el aire, hasta bien entrada la noche.
Así, él, transformado en un instante entre tantos otros, respiraba, observaba. A la derecha, un niño hablaba con una mujer, a través de su traje amarillo, mientras, más allá, un marinero de arete dorado, profundamente triste, leía las manos de una gitana de aire incómodo. Todo era tan mágico. Algunos metros más adelante, un hombre pálido corría desesperado en busca de su hija, entre la nieve fosforescente. Él, siempre caminando, prestaba atención.
Cuántas cosas le quedaban aún por leer. Demasiadas, pensaba. En la plaza, un gato de traje gris tocaba la guitarra, borracho. Cuántas cosas aún no han sido dibujadas, y el ahí, flotando entre estos personajes hechos de la más pura imaginación.
Empezó así a elaborar una lista mental. "Cosas que debo hacer antes de morir": montar una cama, caerme del caballo, desnudar todos los museos, entrar en una desconocida...
Y así por el estilo, cuando, de pronto, algo atrajo su mirada. Era una revista, una historieta, que se alzaba, gloriosa e imponente, desde un rincón de la calle.
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